HOY, JUEVES 23 DE JULIO DE 2009, A LAS 22:40, HA FALLECIDO MI PADRE. Adiós, amigo del alma. Adiós...
23.7.09
15.7.09
Ayoztingo

Qué hacía yo en aquella villa mejicana, no sabría explicarlo. Tampoco es que me preocupara mucho. A veces se hacen cosas. Y no hay más.
Ramón Alvarado y Núñez. Todo un abogado de prestigio. Un terror entre los colegas de profesión, que nadie quería tener la desdicha de encontrarse en un juicio como oponente. Tales eran los argumentos -y a veces ardides- que con tanto peso aplastaban al contrario.
Yo, un padre de familia rígido, de educación cartesiana y reglas inquebrantables. De opulencia y cuenta corriente generosa. Con mi Bentley Arnage RL, por supuesto, como niña de mis ojos y recompensa a mis esfuerzos y mis desvelos. Un automóvil así te da prestigio, y hace que los demás sepas quien eres.
Llegar a comprender como Clara, una chica de apenas 23 años, llego de Méjico D.F. y se instaló en el despacho contigüo al mío, es todo un misterio. Con su ropa moderna, su pelo de color oro, y sus papeles siempre amontonados. Y sin saber por qué, acepté encantado a mi nueva compañera. El presidente de la compañía insinúo amablemente que me hiciera el reconocimiento médico de costumbre -en un mes en que no lo era-.
El día en que me dijo con la confianza de quien te conoce desde siempre:
-Ramón. Estás mal colocado energéticamente. Y eso terminará afectando a tu salud. Tienes un "nahual" muy poderoso, y está prisionero dentro de tu visión de todo. En dos meses vuelvo a Méjico. Ven conmigo, y descubrirás tu camino.
Ese día la hubiera ignorado desde entonces. Pero sin saber cómo ni por qué, solo me atreví a articular un sincero:
-Clara, llévame. Quiero conocer eso que dices.
Y allí estaba yo, en la villa azteca de Ayoztingo, desnudo salvo por una protección de cuero a modo de ropa interior. Sentando frente al fuego, y, enfrente mío, a cuatro ancianos de incontables años, a pesar de su juventud. Yo, Ramón Alvarado y Núñez, intentando descubrir que espíritu de animal era el que me había elegido al nacer, el cual yo tenía prisionero por razones que se me escapaban.
Y más curioso aún fue cuando después de entrar en un sueño inducido, en el cual me pude ver avanzando hacia la fama y el reconocimiento de forma meteórica, viendo a mis hijos triunfar, y a mi amada mujer ser un influyente personaje público, más curioso fue, repito, cuando uno de los ancianos se puso en pie, y señalándome con el dedo mientras sonreía maliciosamente, gritó al viento: Jaguar! Es un jaguar!
Clara, que había tenido el privilegio de asistir a la ceremonia -gracias a ser sobrina de uno de los ancianos-, tenía los ojos como platos y una cara de estupefacción tan grande como grande y franca era la risa del anciano.
-¿Que ocurre, Clara? Algo se me escapa, intuyo...
-Claro, Ramón. Es por el nahual. El jaguar. Representa la energía femenina y felina. Es la mujer, es la energía que protege nuestro mundo, los cerros, montañas, valles... Cualquier otro, hubiera tenido sentido, pero este...
Han pasado ya seis años de aquello. Hoy escribo estas líneas desde el único punto con conexión a Internet en el Pantanal, en Brasil. Y si. Mis hijos son empresarios de éxito. Y mi ex-mujer sale en las portadas de todas las revistas, semana si, semana también, acompañada de un deportista con un cuerpo 10 y otra cuenta corriente igual de generosa.
Un mosquito intenta comer a costa de mi sangre. Es lo que tiene no llevar por ropa más que un pantalón corto en las horas más cálidas del día. Clara me mira a los ojos, ella me acepta, yo la amo. Se que algún día volveremos, juntos, pero transformados, a la vorágine de la civilización. Más todo sera distinto, viejo y nuevo a la vez.
Tz'ikin, el nahual de ella, la libertad, y a la vez la suerte, el dinero, la abundancia material y espiritual. El jaguar, el mío. Ahora ella es yo, y yo soy ella en lo interior...
21.6.09
Sucedió en San Diego...

Crystal Pier. Donde interminables reflejos de luna invaden la espuma que salpica nuestros pies. Ella, de puntillas, miraba a través de mi hombro las luces de la ciudad de San Diego, una miríada de colores en el horizonte despertando al caminar de sus gentes, conocidas, y de las no tan conocidas gentes de fuera.
La locura de sentirnos vivos, y de expresar el deseo que cada uno sentía por el otro, se transformaba en cada beso, en cada caricia que nos hacía sentirnos excitados, emocionándonos a cada mirada más cómplice y provocadora. Una locura maravillosa, que nos llevó dos noches antes, mientras hacíamos el amor en la habitación de un histórico casón reconvertido en hotel, a escribir cada uno tres ciudades en seis papeles, meterlos en el sombrero que usamos para escojer nuestro destino, y, tras sacar uno de ellos inocentemente, preparar al día siguiente las maletas con un nuevo rumbo.
Una música suave, arrulladora, nos mecía llevándonos al reino de las sensaciones. En ese momento ella, con una mirada pícara a la vez que lasciva -que yo ya conocía-, se tumbó en la arena, cerrando los ojos y dejándose llevar por la experiencia.
Se quitó la poca ropa que llevaba -hacía calor aún siendo septiembre-, abriendo las piernas y los brazos como queriendo jugar al deseo más intenso con el mar, y por ende, conmigo. Las suaves olas humedecían su espalda, sus piernas y su cabello. Ella sabía que yo, allí mirándola, viendo como el mar entraba y salía de su cuerpo, me iba excitando más y más a cada instante. Aún con los ojos cerrados, era capaz de percibirlo. Tal era la sincronía que nos daba el haber compartido tantos momentos como aquel.
Me di cuenta de que una inmensa excitación me recorría el cuerpo. Mi miembro, tantas veces encendido por ella, volvía a responder como la primera vez. Ella lo notaba, sabía qué estaba pasando por mi cuerpo, y eso hacía que se moviese lentamente sintiendo el agua meciendo su cuerpo, haciéndolo llegar a regiones antes no exploradas.
Yo no aguantaba más. Un torrente de placer pugnaba por salir, por estallar y unirse a la mujer a la que tanto deseaba, un ligero temblor me incitaba a acercarme. Más no podía. No hasta que ella alcanzase su nivel de deseo, de intensidad similar al mío, y entonces llegaría una señal, ella sabría cuando. Y yo entendería que la Vida había entrado en ella, poseyéndola, y cediéndome el testigo para ser parte de esa experiencia.
Comenzó a temblar, a gemir de placer. Nunca antes la había visto tan excitada, tan al borde del orgasmo, tan viva. Si, eso era. Se sentía completa, viva, mujer. Y quería compartirlo conmigo.
Me tumbé en la arena, mojada, y en contraste, algo fría. Ella se giró hacia mi sin abrir los ojos, se sentó encima mío, y comenzó un balanceo rítmico, acompasado milagrosamente con el ir y venir de las olas. Su pubis, su pelvis apretada contra mi, sintiendo mi miembro temblando dentro de ella. En ese instante, agarrando con fuerza mi trasero con sus manos, se dejó llevar hacía atrás, quedando tumbados en la arena uno frente a otro, mientras un interminable gemido de placer nos invadía, y el orgasmo llegaba, todos los músculos de ambos en tensión, en un final que no tenía fin.
Nos levantamos. Sin quitarnos la arena, sin importar nada más. Cogimos nuestra ropa y nos vestimos. Ella, haciendo ese gesto mágico, señaló a la pequeña escalera de madera que daba a la playa. Allí estaba. Un sombrero de mujer, ajado por el tiempo, pero elegante, con sus cintas de seda azul, y su terciopelo rojo. Y al lado. Unos cuantos papeles pequeños. Seis, para ser exactos. Doblados cuidadosamente, con mimo, y colocados dentro del mismo.
"Te toca escoger a ti, cariño" dijo ella encendiendo de nuevo su mirada.
"De acuerdo". Respondí. "Hokkaido. ¿Que te parece?".
"Me gusta! Ya hacía tiempo que deseaba disfrutar contigo en el milenario Japón..."
29.5.09
2059

Hoy, como todos los años, a finales de mayo, renuevo el color.
El mismo color. Desde aquél mayo de 2009, en el cual conocí a Mía, o Aiyi. O Ana, como decía en su documento de identidad.
Hoy, 29 de mayo de 2059. Tengo 87 años. He vivido mucho, he amado más aún. He conseguido alguno de mis sueños, como recorrer el mundo entero junto a la mujer que amé, y sigo amando, después de despedirnos de manera simple y muy sentida con un "ya nos veremos". Ella murió hace 7 años.
Hemos avanzado mucho tecnológicamente. Ya la gran mayoría de las tareas están automatizadas. El ser humano ha conseguido enviar naves tripuladas a marte. El mapa del genoma humano, lejos de deshumanizarnos, obró el milagro, e hizo que la medicina avanzase en el campo del enfermo, para curarlo, y no en el de la enfermedad, para lucrarse. Hace una hora, estuve tomando un café bajo la Torre Effiel con mi primo. El, en un local de Málaga. Yo, aquí en el centro de Murcia. La holografía hace milagros.
Y a pesar de eso, algo no ha cambiado. Un chico joven, con traje presurizado especial, me ha pintado las paredes de casa. De violeta, como aquella primera vez, hace cincuenta años, en que yo mismo pinte mi primer piso. No usa brocha, y la pintura seca según se aplica, dejando un efecto curioso según la luz que incida en el color.
Cincuenta años pintando del mismo color. Fue cuando conocí a Mía. Entró en mi piso, una tarde de verano. Y se enamoró del color de las paredes. Un preludio del amor que había surgido entre los dos, y que, regalos del destino, surgió al calor de un color. Ella dijo que era como recordar su infancia, en la casa familiar en Italia, en la Toscana, donde las casas respiran y están llenas de vida. Yo solamente asentí, absorto ante tanta belleza condensada en sus pensamientos.
Se que me está esperando, dondequiera que esté. El chico, con su traje con las letras "Pintex" en el pecho me indica que ha terminado. Me pasa el lector. Pulso con la huella del dedo índice, digo la palabra "si" permitiendo el cobro en mi cuenta, confirmando la factura con mi voz. Otro avance más. A veces pago con dinero, más por recrearme en algo tanto tiempo usado que por otra cosa. Hoy día ya casi no se usa el papel moneda.
El chico ha salido de mi casa. Y me quedo allí, contemplando extasiado las paredes color violeta. De repente, un pequeño zumbido martillea mi cabeza...
Despierto. Miro el reloj de mi mesilla. Es sábado, 30 de mayo... de 2009. Me giro en la cama. Allí está ella, dormida. La abrazo con ternura, mientras miro las paredes recién pintadas. Y vuelvo a cerrar los ojos...
