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4.9.10

Rojo amanecer




Niebla.
Niebla en lo profundo,
Escaleras del viento que tocan melodía,
Ella susurra,
Yo despierto,
Ella habla,
Yo Soy,
Ella muestra su poder,
Yo doy la Vida.

Un gato.
Un gato saltó al tejado,
Miríadas de estrellas lo iluminan,
Ella sueña,
Yo expreso,
Ella siente,
Yo dibujo el horizonte,
Ella es,
Yo soy unidad.

Rojo amanecer.
Rojo es su corazón de plata,
Amanecer es su alma,
Tu, Angela bella,
Yo, encontré mi estrella en ti.

19.4.10

Alice



Las gotas de lluvia resbalan al contacto con mi templada piel. Ni frío ni calor. Voy caminando por la calle, quizá demasiado abrigado, tal vez no muy arropado en previsión de un final de día poco agraciado.

Hay luces y sombras, tanto en el ambiente, como en las personas. Un cúmulo de gente enfrascada en sus vidas, anodinas, esperpénticas quizá en su monotonía, con un lento devenir de los acontecimientos.

Yo mismo, voy sumido en interminables pensamientos, rumiando mis historias personales, y no tan personales. Sintiendo el agua resbalar por mi rostro, en un vano intento de mojar mi cara. Vano, pues no hay tanta lluvia como para que penetre, ni yo le doy opción a cogerme, sorteándola entre pasajes, edificios salientes y otras protecciones que me ofrece la ciudad.

En eso un destello de luz atrae mi mirada. No es, como algunos podéis suponer, un vechículo. Mi atención se fija en el brillo de un vestido. Un imponente y a la vez voluptuoso vestido de mujer, todo rojo, como si el mismo color estuviese indicando sin ambages que debía detenerme.

En efecto. Esa mujer era todo un semáforo en rojo. Un atractivo, deslumbrante y exuberante semáforo en forma de mujer femenina y sensual. Como soy respetuoso con según que señales e indicaciones, me detuve ante el rojo.

-¿En qué puedo ayudarle? -preguntó ella sonriente al ver mi asombro.
-Er, esto... que estaba pensando, bueno... no, que quería decir -las palabras se me habían atragantado ante tanta belleza-, vaya... que si tendrías a bien aceptarme una invitación.
-Jajajaja -su boca se abrió en la sonrisa más franca que vi nunca-. ¡Por supuesto!. Pero yo elijo el sitio, y tu invitas. Que se note que aún quedan caballeros.
-Eso por descontado -dije yo exultante ante tal victoria presta-. Soy todo oídos -respondí con ganas y apremio-.
-Bien, ya que aceptas, te respondo. El sitio, en mi piso, por supuesto. Y que me invites a degustar tu cuerpo toda la noche a mi manera, sin excesos, más sin límites. Recuerda que has accedido a ello.
-Por cierto. No se tu nombre. Me llamo Robert.
-Alice. Llámame Alice. Porque esta noche te voy a llevar al País de las Maravillas...

La cogí del brazo, y tras mirarla a los ojos, y ver lo que me susurraban, sonreí. Un día diferente a los demás.

Las gotas hacen por resbalar por mi cara, y traspasar el límite de mi ropa para introducirse en mi cuerpo. Más ya no es posible. Un amplio paraguas sensualmente sujetado por esta increíble mujer, ha vencido al día, a la lluvia, y a la monotonía del resto de la gente...

7.4.09

Todo sucedió entre dos colores...

Lo efímero que es el tiempo. Que corto puede ser un instante, y a la vez despertar tal recuerdo que el deseo más íntimo vuelve con fuerza a nuestra mente, más cuando aún hemos fantaseado con ello, y hemos rozado la posibilidad de alcanzarlo.

Allí estaba, volviendo pausadamente al comienzo de la noche, deshaciendo el camino y recogiendo el hilo de Ariadna, hasta llegar a mi casa de nuevo.

Mientras cruzaba el puente, una mágica pasarela en la cual las personas van y los automóviles vienen. En el fugaz instante en que pensaba si esperar al comienzo el cambio del semáforo y cruzar, quiso el destino que se pusiera en rojo.

Dios existe. Al menos, el Dios que regula el tiempo en los semáforos. Era ella. Había parado su coche y nos habíamos reencontrado. Meses después de habernos conocido. Un corto "qué tal va todo", y un más intenso y mutuo "te llamaré y nos vemos" fue suficiente. Una sonrisa, y un beso apresurado, pues el verde había caido inexorable, y ya se sabe, los coches apresurados no entienden de deseos ni pasiones.

Bastaron unos segundos para que mi sangre bullera de nuevo por las venas. Quizá lo hubiera visto. Quien sabe. Esta chica me había demostrado cuán observadora puede llegar a ser una mujer. En ese instante, al contemplarla, un irresistible deseo, una excitación intensa, ambas cosas juntas, llenaron mi cuerpo y mis sentidos. El grado de pasión que se destapaba estando juntos no tenía límites, y quizá por ello el "llámame" de ella sonó alto y claro, resonando en las calles, un potente sonido que hizo volverse a los viandantes, aún cuando su coche ya iba bastantes metros por detrás de mí.

A veces creo que las más intensas experiencias de amor no tienen por que suceder en una cama, ni en un ambiente y momento especiales. A veces, se produce una tormenta de sensaciones, un sinfin de pequeños y grandes deseos, de irrefrenables gestos de erotismo y sexo, en el interminable transcurso que va del rojo al verde...