7.3.08

De números y extravagantes historias...


1’226 segundos. Según el icono que tengo en mi esquina de Firefox, esto tarda en cargarse la página de mi blog. Inconscientemente -o quizá “muy” conscientemente-, miro ese dichoso numerito. A veces pienso lo corto que puede llegar a significar un momento. 1’226 segundos.

Si fuera un proboscídeo -vulgo elefante, o sea, para el común de la gente-, quizá el tiempo de procesar que realmente quiere levantar una pata para después moverla, le supondría todo ese “cuasi” segundo largo. Para ciertos tipos de amebas y bacterias, es la mitad de su vida. De “toda” su vida, pues su supervivencia depende de momentos de esa duración.

Un corredor de los 100 mts., realmente anhela y suspira por volar cual rayo hacia la meta. Digamos que los puñeteros 1’226 segundos -si, ya me están empezando a parecer inútilmente cortos-, le sobran. Daría lo que fuese por que no existieran. “Dios, si no los hubiera perdido, ahora no sería quinto en vez del favorito ganador”, resopla el armario negro de metro noventa tras darse cuenta de que le han pasado todos en la meta en ese espacio de tiempo.

Quizá en Nueva Zelanda -por irnos a las antípodas-, una persona acaba de salvar su vida gracias a que un médico le reanimó tras un infarto o un repentino paro cardíaco. Si señores/as, el segundo 226 centésimas más apreciados en la vida de una persona. La diferencia entre seguir vivo o estar muerto. Que ironía, lo odioso que puede resultar un instante, o por el contrario, lo importante que se vuelve, según sea el caso.

Puede ser el tiempo que te salva de estamparte contra la parte trasera de el vehículo que llevas delante. Si te fijas -con perdón del respetable-, suele ser el tiempo que dura el “cuesco” -entiéndaseme el pedo- de unas judías con chorizo bien digeridas. Alguien dijo el otro día que gracias a ese 1’226 segundos, su caballo de carreras le hizo sentirse especial por un día, al haber ganado su pequeña apuesta que sin importancia hizo -cuando nunca le han gustado las carreras de caballos-. Esta noche habrá cena en un sitio chulo con su mujer, gracias al número 8, “Rayo”. Bendito caballo, si señor.

Sinceramente, tengo un público de lo más agradecido. Me animáis, con vuestros correos y comentarios a que siga escribiendo, desde la maraña de papeles y ventanas de mi ordenador. Lo dije, y lo hice de nuevo. He mirado a los 1’226 segundos del icono de carga de mi página de Firefox. Ooops! Vaya… se ha actualizado y ya es otro número. Este para otra extraña y rara historia. Faltaría más…

3 comentarios:

Ana dijo...

El tiempo es tan relativo...sólo las agujas del reloj, invento humano, nos dice que el tiempo siempre transcurre igual, a pesar de nuestras percepciones contradictorias. Yo tengo mis dudas.....
Un beso Vilo

Belén dijo...

Acabo de legar y he estado paseando por tu blog, yo también te animo como una espectadora mas...

Un beso, gracias por pasarte por mi rincón :)

Nadie dijo...

Coincido con Ana. El paso del tiempo es absolutamente subjetivo.
Una hora esperando que llame no transcurre igual que una hora cuando estamos juntos.