5.12.09

¿Qué hay bajo el manto azul de las estrellas? (Sussan)



Frente a mi, el objetivo está durmiendo. Ni yo mismo me atrevo siquiera a rozar mi cámara. Aún lo recuerdo, licor de moras. Sábanas revueltas. Gemelas. Dios, si, gemelas.

Sucedió tal que...

Por esos azares de la Vida, o no tan azares, fui a parar a un pequeño pub de estilo antiguo, con muebles renovados, más mil historias en sus paredes, y en su aire espeso sin humo.

Entré con la esperanza de tomar algo intenso, y poner en orden mis ideas. Nada más alejado de la realidad, para mi sorpresa.

Allí estaba ella. Mirándome como quien devora una chuchería. Seria, vestida de traje, con una revista entre las manos, y unos tacones, como diría una compañera de estas historias, mi apreciada Diabla, unos tacones alzando al infinito unos zapatos hechos solo, por y para esa mujer. Por un instante un escalofrío recorrió mi cuerpo, haciéndome sentir incómodo. Al momento siguiente, un calor tremendo inundando mis más íntimas sensaciones físicas.

Con un caminar que remarcaba sus muslos, y hacía saltar levemente sus pechos, sabiéndose tremendamente deseada en todo su recorrido hasta mi mesa, andando lentamente a propósito para provocar al personal, camarero incluido, llegó al fin a mi mesa. Un más que atrevido "¿puedo?", un sí por mi parte, esperando se sentara, y me cogió la mano, levantándome. Al mirarla extrañada dijo:

-Me has dado tu permiso. Así que no digas nada, y sígueme. A menos que quieras arrepentirte de todo cuanto va a sentir esta noche todo cuanto tú eres.- dijo sonriendo turbadora. Eso era demasiado hasta para mí, curtido en experiencias de ese pelaje.

Fuimos a su casa, un apartamento en un elegante y divertido edificio de formas curvas imitando la naturaleza. Segundo piso. Desde esa noche, me encantan los segundos pisos de los edificios.

Entramos en su casa, y nada más llegar a la habitación, comenzó a desnudarse.

-Quítate la ropa, por favor, y dúchate, que luego voy yo, cielo.

Tras ducharme, y al salir, ver la luz anaranjada de las velas ambientando una cama enorme con sábanas de seda, me imaginé lo mejor. Ella se fue a ducharse también.

-Ponte el antifaz, quiero hacer el amor contigo sin que me veas, ¿me harás ese favor? Sin trampas, si no fin de la historia.

Emocionado, y a la vez subiendo en excitación por momentos, lo hice. Noté como salía del baño, perfumada, como se quitaba sus zapatillas, y, dulcemente, empezaba a saborear mi cuerpo. Un masaje continuo, un movimiento rítmico, un besar todo mi cuerpo, y yo el suyo, recorriendo cada centímetro de su piel.

Más rápido y salvaje llegó la continuación. Tal cúmulo de sensaciones, que me abandoné a la experiencia en tal grado que sus manos parecían multiplicarse por momentos, y sus labios, tan expertamente empleados, era como si besaran dos puntos distintos de mi cuerpo a la vez.

Por fin, después de mil momentos disfrutados y deseados, llegó el clímax. Un torrente de placer y sensaciones salió furioso de nuestras gargantas, de nuestras zonas íntimas. Tras el huracán, la calma.

Nos tumbamos en la cama, encima de un mar de sábanas revueltas. Tal pericia había en sus manos que me acariciaban por ambos lados. ¿Ambos lados?

-Quítate la venda, mi amor. -dijo ella sabedora de mi sorpresa.

Allí estaba ella. Y ella. O sea, ambas. Dos mujeres idénticas, a derecha e izquierda, mirándose con picardía, y apretándose contra mi cuerpo desnudo mientras nos vamos durmiendo.

Hay noches que hasta un mágico cielo estrellado no puede superar lo que hay... bajo el manto azul de las estrellas.

3 comentarios:

Maria Manderly dijo...

ok ... voy a darle la vuelta a tu relato . dame unos dias ..sera el proximo post de mi blog " encajes y pecados ... un besote

Vilo dijo...

Gracias mil, para variar, María!

Maria Manderly dijo...

hola... hoy al fin libro de arena dejo publicar ...
Tu relato te espera
un besito